Hortensia Brusi en México

Divendres, 3 d'abril de 2020

Debió de contarlo miles de veces como me lo contó a mi inclinando su cabeza para poder concentrarse mejor, su voz apenas un susurro, sus manos entrelazadas con los dos pulgares rozándose sin cesar. Sobrecogía el ritmo cadencioso, el tono de voz, la serenidad con la que Hortensia Brusi te contaba el entierro de su esposo como si lo rememorase por primera vez.

“Cuando me entregaron el féretro lo abrí. Un velo blanco cubría el cadáver. No me dieron tiempo a retirarlo para poder ver por última vez el rostro de Salvador. Un militar me cogió la mano en el momento en el que yo iba a levantar aquel velo y me dijo “luego lo verá”, pero me engañó porque sellaron el féretro y cuando el 12 de septiembre llegamos al cementerio de Viña del Mar ya no pude ver el cadáver. Nos habían citado en una base militar. Mis hijas no pudieron acompañarme porque estaban refugiadas en la embajada de México y corrían el riesgo de ser detenidas si la abandonaban. La triste comitiva que yo presidía estaba formada por mí cuñada Laura y dos sobrinos. El cadáver de Salvador llegó en un avión militar destinado al transporte de tropas. El cementerio estaba tomado por soldados armados con metralletas listas para disparar. Como si el pequeño séquito fuese peligroso. El féretro fue colocado sobre un carromato que al avanzar por los senderos del cementerio hacía rechinar la gravilla. En Viña del Mar hacía un día hermoso, propio de primavera. Cuando el carretón con el féretro en el que yacía el cuerpo de Salvador estaba junto al nicho en el que iba a ser enterrado tomé un puñado de flores de otras sepulturas y al tiempo de arrojarlas sobre el féretro dije a los presentes que debían saber, para contárselo a familiares, amigos y vecinos, que estaban enterrando a Salvador Allende, presidente de Chile. El nicho se cerró y rodeados de soldados desandamos el camino. Hacía calor y el silencio del cementerio sólo lo rompía el sonido de las botas militares caminando sobre la gravilla”.

Me lo contó Hortensia Brusi en su pequeño piso de exiliada en la Colonia del Valle, en Ciudad de México, Distrito Federal. En un rincón del piso había muchas plantas. Isabel Allende, su sobrina, me había contado años atrás, cuando publicó La casa de los espíritus, que cuando dejó Chile se había llevado con ella una bolsa con tierra en la que plantó, en su exilio en Caracas, una nomeolvides. Nueve años después la planta estaba raquítica pero Isabel Allende decía que seguía creciendo en su corazón. Hortensia Brusi no tenía ni tierra ni plantas de Chile pero, como a su sobrina, no era necesario: seguían creciendo en su corazón. En el pequeño salón-comedor de la vivienda de la viuda de Allende había un sofá y unas sillas, una jaula con un pájaro, un óleo de Salvador Allende pintado por Guyasamin, un poema de Rafael Alberti y algunos cuadros de pintores chilenos. En una pequeña habitación se almacenaban los obsequios internacionales llegados a sus manos tras once años de exilio.

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